Hijos de la calle

15 05 2008

Como cada lunes, el grupo de voluntarios de la UVI Móvil Social de Cáritas en Córdoba se dispone a hacer una de las rutas consideradas para visitar a las personas sin hogar que vagan por las calles de la ciudad. La UVI Social es un servicio que trabaja en la calle y cuya finalidad es atender y derivar cualquier situación de emergencia social que se produzca. Se trata de un dispositivo de atención nocturna a transeúntes.

El conjunto está formado en su mayoría por jóvenes que, cada semana, acuden en turnos a realizar esta solidaria actividad, además a este equipo de calle se añade una trabajadora social y un educador experto en este ámbito.

 

El reloj marca las diez de la noche y la puntualidad  de todos los voluntarios junto con sus miradas delatan complicidad, nervios e ímpetu por colaborar. El punto de encuentro es el parque de Colón. Fernando Serrano, educador social al frente de este servicio, sonríe al verlos llegar e inmediatamente reparte a los jóvenes unos llamativos chaquetones reflectantes de color naranja que han de llevar puestos durante la colaboración. El ambiente que se respira entre responsable y voluntariado es cálido y agradable hecho que facilita el desarrollo de la tarea.

 

Algunas horas antes, aproximadamente a las 7 de la tarde, otro grupo de voluntarios se ha encargado de preparar en los locales parroquiales de San Pedro, (lugar facilitado para la causa) alimentos e indumentaria como caldo casero, bocadillos, zumos o bollería así como mantas y sacos de dormir, necesarios para el servicio nocturno.

 

El perfil de los destinatarios a menudo coincide: toxicómanos, personas sin hogar, o que son dependientes y viven solas. Normalmente son hombres de una media de 45 años. Según Serrano se conoce que sean aproximadamente unas cuarenta personas las que duerman cada noche en las calles de Córdoba entre ellos sólo cinco mujeres. En España más de 20.000 personas sin techo viven de la caridad o de pequeñas pensiones. El alcoholismo, las enfermedades mentales o un cúmulo de mala suerte son algunas de las causas.

 

Una vez colocados los chaquetones, los voluntarios cargan los termos y cestas con comida y mantas en una kangoo, medio que los transportará hacia los puntos de destino planificados en la ruta.

Llegan a la primera parada, la estación de autobuses de la ciudad. Este es uno de los lugares más conflictivos dentro de la visita puesto que en el convergen muchos inmigrantes. La estancia aquí es breve ya que al ser un lugar de paso, los transeúntes no siempre son los mismos, en ocasiones no conocen al voluntariado y se niegan a entablar conversación adoptando una actitud hostil hacia ellos.

 

 

La segunda visita resulta ser más apacible, la furgoneta aparca en la rotonda del Prica Zahira. Allí se encuentra Paco, un valenciano de cincuenta años, que por motivos económicos lleva una década vagando por todo el país. Los voluntarios se acercan a él  ofreciéndole un poco de caldo y un bocadillo de pan tierno, Paco lo acepta encantado. Inmediatamente comienza a hablar sin parar. Según explica Tono, uno de los colaboradores, Paco es un poco excéntrico y desequilibrado, pero en sus momentos de lucidez, que no son pocos, es capaz de mantener una cuerda conversación. Este transeúnte recibe una pequeña pensión al mes que unida a lo que recibe de la mendicidad le proporciona poder asegurarse algo de comida y abrigo al mes. Tiene una forma muy peculiar de pasar los inviernos. Cada día adquiere un par de litros de gasoil, en la gasolinera cercana al escampado que ocupa,  que arroja a la tierra para prenderle fuego posteriormente, “ahora que hace mucho frío, esto me da calorcito aunque también me ensucia mucho ¡mira, parezco un negro!” afirma divertido Paco.

 

Minutos después el equipo se despide de Paco tomando rumbo hacia la próxima parada, Ronda de los Tejares. Luisa y Bernardo han coincidido esta noche en los techados de los edificios de esta avenida. Ambos son toxicómanos y viven en la calle desde que el juego y la avaricia los arruinó. Según Serrano, estos transeúntes podrían alojarse en las casas de acogida que el ayuntamiento pone a disposición de los sin techo, pero ellos, al igual que los demás vagabundos que se niegan a reinsertarse en la sociedad, son personas que no quieren seguir las reglas de una casa (llegar a una hora determinada y no ingerir alcohol ni estupefacientes) y que anteponen su libertad ante todo.

Con ellos es imposible hablar, su delirio es brutal y Bernardo comienza a adoptar una postura agresiva, por ello el dispositivo deposita en el suelo los alimentos y opta por seguir con el camino establecido.

 

Serrano los conduce hasta la ronda del Marrubial para sorpresa de los más veteranos del grupo Felipito se encuentra sentado en un banco. Felipe muestra aspecto saludable, viste elegante y en apariencia parece ser el más pacífico y razonable. El voluntariado le había perdido la pista desde hacía algunos meses. Según cuenta el transeúnte “había estado una temporada trabajando en el campo”.

Por su parte, Eva Niza trabajadora social de ayuda a transeúntes, declara que es frecuente que dependiendo de la estación del año varíe el número de transeúntes albergados en la ciudad. Como claro ejemplo de ello expone que el número de vagabundos disminuye durante la época de la fresa o la aceituna donde estos acuden en busca de trabajo, o bien, en la época de estío muchos sin techo adquieren un billete de autobús con destino a Málaga donde se buscan la vida trabajando en las hamacas de la playa o fabricando diferentes artilugios de cuero.

Hay quienes se valen por sí mismos y sólo piden una oportunidad para trabajar. Es el caso de Felipito cuya separación lo dejó sin hogar hecho que, aún hoy, después de cuatro años, oculta a su ex mujer. Felipe trabaja siempre que le ofrecen un puesto, así cada cuatro meses consigue dinero para ir a ver a sus hijos que viven con su madre fuera de la ciudad. La charla con él es agradable y tras aceptar un poco de bollería y chocolate pide al grupo que se quede unos minutos más con él. Para Felipe pasar frío y hambre no es lo peor que tiene la calle, sino la soledad. Los días pasan y el aburrimiento acaba con aquellos que sin quererlo se han visto viviendo a la sombra del mundo.

 

Eva y Fernando dirigen la furgoneta hacia el centro de la ciudad, última parada de la ruta de esta semana. Allí les espera Antonio que, acostumbrado a recibir algo de comida caliente a la semana, los lunes espera al equipo antes de irse a dormir. Al verlos llegar les reprocha su tardanza. A pesar de este pequeño altercado, la visita transcurre con total normalidad. Antonio bebe sin cesar, dice que el alcohol acompaña sus noches de soledad y que es la única manera que tiene de calentarse y olvidar.

 

 

La mendicidad no sólo es una de las realidades más tristes de nuestra sociedad, sino una de las más ignoradas por nosotros. Hay que actuar para erradicar este modo de vida y por suerte, son muchas las asociaciones dedicadas a este aspecto las que estudian, investigan y ponen en marcha servicios que mejoren el bienestar de los hijos de la calle.


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