La problemática educativa se ha vuelto relevante desde hace algún tiempo, siendo conocidas las carencias existentes al respecto. Ahora bien, ¿cuál es el origen del problema?
La educación atraviesa horas bajas, en buena parte por la pérdida de autoridad de los profesores, los grandes olvidados del sistema educativo, y por el desgaste de la familia como institución educadora. La mayoría de los alumnos con problemas tiene entornos familiares desestructurados. La responsabilidad de educar es exclusiva de los padres, mientras que los centros educativos han de ceñirse a la docencia. El reflejo de que muchos progenitores no lo tienen asumido es la excesiva permisividad que dan a sus hijos y el escaso respaldo que prestan la mayor parte de las veces a los profesores. Va siendo hora de que todos, padres y Administración, vuelvan a convertir al alumno en el principal responsable de su conducta.
Hay que promover la excelencia en las aulas. Dejémonos de ambigüedades, muchos de los pasos que se han dado hasta el momento parecen más bien encaminados a proteger los derechos de quienes no quieren estudiar y son frecuentemente conflictivos, que a fomentar el estudio y la responsabilidad. Como consecuencia de ello la enseñanza se devalúa para asimilarla al nivel de los menos dispuestos y eludir así problemas con padres e inspectores. No se debe disminuir el fracaso escolar a base de bajar el nivel educativo, ya que en buena parte se desampara a aquellos que esperan aprender en clase.
De otro modo, mientras la escuela se empeña en proponer un modelo de ciudadano o ciudadana, otros agentes sociales seducen con una oferta de arquetipos que son absolutamente opuestos. Frente al rigor de las clases se presenta una serie de concurrencias de lo más atractivas para el menor, tales como la revolución de las nuevas tecnologías que acaparan su atención eximiéndola del rendimiento escolar.
Que España es un país a la cola de Europa en cuanto a nivel de estudios es una realidad que todos conocemos. Por ello, debemos de comenzar a escalar en la lista y delegar nuestro sistema educativo hacia los puestos más elevados. Lo que está claro es que es imprescindible intervenir, ya sea sancionando a los alumnos perturbadores, o bien reforzando la deteriorada autoridad de los maestros, aunque en su mayoría, el problema radica en la desatención de los padres. Hecho que no sólo afecta a aquellos que viven en el seno de familias desestructuradas, sino también a los padres y madres que a causa del estrés y el ajetreo diario creen que la mejor forma de educar a sus hijos es concediéndole todos sus caprichos y no inculcándole los valores como la disciplina o el respeto, que tanto añora la educación de nuestro país. Quizás sea este el umbral de la inestabilidad educativa por la que pasa España.